Esa tarde, cuando nos despedimos de la bulliciosa Ciudad de México, no imaginaba que el cielo se teñiría de grises y que la lluvia sería la compañera inesperada de mi viaje hacia Guanajuato. Acompañada por mi intrépido Copiloto Biker, nos preparamos para lo que sería una odisea sobre dos ruedas. Nuestra compañera de aventuras era la flamante Super Meteor 650, el nuevo lanzamiento de Royal Enfield, con un pretexto perfecto para poner a prueba sus capacidades en carretera.
El primer obstáculo fue empaquetar todo nuestro equipaje en la moto. Si algo me caracteriza, es que no soy de las que viajan ligero. Además, llevábamos regalos para nuestros fieles suscriptores, lo que hacía que nuestro trayecto estuviera repleto de valiosos tesoros. Sin embargo, la naturaleza tenía sus propios planes.
Lo que comenzó como una leve llovizna se convirtió en una torrencial tormenta que no daba tregua. Desde ese momento, nuestro recorrido se volvió una danza con la lluvia, una experiencia que nos acompañaría durante todo el viaje.
Nuestro primer destino, la hermosa ciudad de León, Guanajuato, nos aguardaba con el sueño de llegar antes del anochecer. Pero las inclemencias climáticas hicieron que el viaje fuera lento, húmedo y frío. Durante más de seis horas, avanzamos por carreteras oscuras, con la visibilidad reducida y la sensación del frío calando en nuestros huesos. A pesar de los impermeables, el agua se filtraba en los cascos, y nuestros equipos y botas llevaban las huellas de la lluvia inclemente.

Por la mañana, ya un poco más secos, tocó prepararnos para una visita a Sears, donde celebraríamos un encuentro con nuestros suscriptores. El Copiloto llegó con las botas aún mojadas, sin llevar un par de repuesto, lo que lo torturó por el resto del día. La generosidad y el entusiasmo de nuestros seguidores fueron un bálsamo para el alma. Decidimos organizar una rodada al día siguiente, un plan que nos llevaría a descubrir una joya culinaria: «Los huevos dormidos». Platillo estrella de Sierra de Lobos, donde las tortillas hechas a mano abrazan un huevo en su cocción y luego se adornan con un delicioso guiso. La espera fue larga, pero el sabor valió la pena. Allí, entre charlas con suscriptores y regalos sorpresa, conocimos a una familia que nos contó sobre su negocio de sombreros artesanales.

Como amante de los sombreros, mi corazón latió más rápido ante la posibilidad de adquirir uno. Nos abrieron las puertas de su taller, y allí, con manos expertas y creatividad desbordante, diseñamos nuestros propios sombreros de piel, perfectos compañeros para nuestra travesía en moto. Mi elección fue un sombrero de piel de mantarraya, mientras que el Copiloto optó por uno con plumas de tecolote electrocutado, una historia única que no podíamos ignorar.
De ahí, nuestro viaje nos llevó a un hotel desconocido, gracias a la invitación de Ana Laura, una chica biker que nos contó del Hotel Misión Comanjilla en Silao, donde un géiser que despedía aguas termales se convertiría en nuestro anfitrión. Aunque no llevábamos trajes de baño, una inesperada clase de preparación de chiles en nogada nos regaló momentos inolvidables y sabores que nos hicieron olvidar las lluvias persistentes.
Después de algunos días de trabajo en León, tuvimos la oportunidad de conocer la ciudad como verdaderos lugareños. Visitamos tienditas locales, disfrutamos de la comida en una fonda tradicional, recorrimos parques y exploramos cada rincón, siempre protegidos por nuestros fieles impermeables.
El siguiente capítulo nos llevaría a San Miguel de Allende, y la mañana temprano nos acogió con un clima agradable. Las lluvias habían convertido el paisaje en una auténtica maravilla, obligándonos a detenernos una y otra vez para admirar la belleza natural. A lomos de nuestra moto, recorrimos las carreteras del Bajío que ya habíamos explorado durante el rally de meses atrás, pero esta vez, la exuberante vegetación nos hizo sentir como si estuviéramos viéndolas por primera vez.

Finalmente, llegamos a San Miguel de Allende, donde debíamos dar una conferencia sobre mujeres en el motociclismo. Nuestros amigos de Moto Bajío nos abrieron las puertas de una gran casa que compartimos con otras figuras del motociclismo como Mexican Bikers y Raquel Ollaquindia, promotora de Mujeres Bikers México. Nos dirigimos a la Expo Moto Bajío, donde compartimos momentos entrañables con suscriptores que nos brindaron regalos y charlas amenas.
Ese día nos tenía reservada una sorpresa: una pequeña rodada hasta Atotonilco. La historia de ese lugar, donde Hidalgo recogió el estandarte de la Virgen al iniciar la independencia, nos dejó impresionados. La iglesia, con sus cúpulas pintadas, merece el título de «la Capilla Sixtina Mexicana». Desde allí, nos dirigimos a un mirador, donde el cielo limpio y las nubes caprichosas nos hicieron sentir como si estuviéramos en una obra de arte del Dr. Atl.

En ese punto, otros motociclistas y automovilistas nos reconocieron y se unieron a nuestra travesía, compartiendo historias y amistades. Un restaurante recién abierto nos recibió con música en vivo y un ambiente acogedor. A pesar de que no era mi estilo musical favorito, la experiencia, en conjunto con mi sombrero característico y la amabilidad de la gente, hizo que disfrutara cada momento.
La parrillada nos dejó satisfechos, y regresamos a la Expo Moto Bajío, donde probamos un simulador de Moto GP. Pero el punto culminante de la tarde fue mi conferencia, donde compartí una parte profunda y personal de mi vida. Aquella historia que solía guardar para mí misma se convirtió en un faro de inspiración para otros, y el acto de hablar en público fue un logro que superé con emoción y determinación.
Los premios y regalos no se hicieron esperar, y para mi asombro, fui la afortunada en sacar mi propio boleto en la tómbola. Las rodilleras que gané las regalé al primer motociclista que me encontró, un biker que corrió atravesando el centro de San Miguel de Allende para encontrarme entre el bullicio.
La noche nos invitó a explorar San Miguel de Allende a pie, recorrimos sus pintorescos callejones y disfrutamos de las vistas panorámicas. Tres motociclistas nos encontraron, y uno de ellos, el primero en hacerlo, se ganó las rodilleras. Curiosamente, uno de los otros motociclistas resultó ser Eloy, a quien habíamos conocido el día anterior. Con él, exploramos aún más la ciudad y descubrimos su rica historia y tradiciones.

Al día siguiente, continuamos nuestro viaje, con dos paradas programadas. La primera fue en Comonfort, un pueblo que atravesamos en medio del tráfico caótico y decidimos continuar sin detenernos mucho. Luego llegamos a Celaya, donde las advertencias sobre la seguridad nos hicieron mantenernos alerta. Sin embargo, no dejamos pasar la oportunidad de probar las gorditas de migajas, un delicioso descubrimiento. El paseo por el parque nos llenó de buenos recuerdos, y la visita a una tienda de cajeta fue una experiencia dulce tanto en sabor como en encuentros amigables.
Nuestro viaje en el Bajío de Guanajuato llegaba a su fin, pero no antes de regalarnos momentos inolvidables, delicias culinarias y encuentros genuinos. A pesar de las lluvias persistentes y los desafíos en el camino, este viaje se convirtió en una travesía llena de emoción y reflexión, donde la generosidad de la gente y las sorpresas inesperadas nos recordaron la belleza de explorar nuevos horizontes. A cada curva del camino, encontramos no solo un recorrido, sino una historia que contar y compartir con el mundo.







